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Todo el saber del mundo almacenado en una caja

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L'ensemble de ces « armoires métalliques » constitue un instrument de calcul scientifique qui se classe parmi les plus rapides et les plus puissants d'Europe. Il se compose d'une unité arithmétique et logique qui effectue 42 000 opérations à la seconde.

"Toda operación lógica puede convertirse en números, es decir, expresarse en un lenguaje cifrado que permita almacenar toda clase de datos o de ejecutar toda suerte de operaciones" afirma Peter Ritchie Calder. En 1960, nos encontramos a un estado de desarrollo de las calculadoras electrónicas que va más allá de las operaciones aritméticas. Desempeñan, por imitación, muchas de las funciones del cerebro humano y controlan y dirigen otras máquinas que sustituyen no sólo a los músculos del hombre sino a sus órganos sensoriales.

Peter Ritchie Calder

Cuando en 1801 Jacquard inventó un telar que, gracias a una serie de cartones perforados, permitía producir mecánicamente telas labradas que antes sólo podían hacerse a mano, provocó motines que casi le costaron la vida. En Gran Bretaña, cuando Kay inventó la lanzadera volante, los tejedores le demolieron su casa. Cuando Arkwright, Hargreaves y Crompton mecanizaron aún más la industria textil, los obreros se sublevaron e incendiaron las fábricas. El poeta Byron intervino apasionadamente en favor de los desgraciados trabajadores a quienes las máquinas privaban de medios de vida. Y sin embargo, esas mismas máquinas han dado trabajo a millones de hombres y de mujeres, han disminuido el precio de los tejidos y han contribuido a la prosperidad económica.

Hasta hace unos 15 años, los grandes progresos realizados en el campo de la técnica industrial consistían en evitar al hombre penosos esfuerzos musculares, gracias al trabajo de las máquinas. Esto puede ilustrarse con un ejemplo: actualmente la potencia de las turbinas de un trasatlántico corresponde al vigor muscular de tres millones de galeotes. El obrero de nuestros días que trabaja en una fábrica moderna dispone por término medio, con sólo accionar un interruptor, de una potencia de trabajo equivalente a la de un centenar de esclavos.

Pero, desde hace doce años, han aparecido nuevos tipos de máquinas que siembran la inquietud, no sólo entre los obreros, que ven que la "automación" desvaloriza sus conocimientos técnicos, sino también entre los filósofos. Esas máquinas son las calculadoras electrónicas. Como lo indica su nombre, en un principio se trataba de sencillas máquinas de calcular o versiones eléctricas sumamente perfeccionadas de los abacos que se emplean para enseñar a contar a los niños. En la actualidad, ese nombre es engañador, ya que tales máquinas no se limitan a efectuar operaciones aritméticas: desempeñan, por imitación, muchas de las funciones del cerebro humano y controlan y dirigen otras máquinas que sustituyen no sólo a los músculos del hombre sino a sus órganos sensoriales. 

En la Conferencia Internacional sobre la Elaboración Numérica de Datos, que la Unesco organizó en París del 15 al 20 de junio de 1959, los dos mil hombres de ciencia e ingenieros participantes discutieron muy seriamente acerca de la posibilidad de máquinas capaces de registrar en su memoria todos los conocimientos del mundo, y de inscribir en un rectángulo de cristal de 12,70 X 15,24 cm. (las dimensiones de una placa fotográfica) una cantitad de datos equivalente a la que puede retener la memoria humana. Los especialistas describieron el funcionamiento de máquinas capaces de dictar las decisiones en los negocios, y a las que se podría "enseñar" a pensar de manera independiente y a emitir juicios razonados.

Hace veinte años, nada de esto era posible e incluso los cálculos electrónicos parecían irrealizables. Hace tres siglos, el matemático francés Pascal inventó una máquina de calcular. Hace algo más de cien años el matemático inglés Charles Babbage construyó un aparato capaz de hacer cálculos y análisis matemáticos gracias a un sistema de cartones perforados análogos a los que empleara Jacquard para su telar. Antes de la Segunda Guerra Mundial, existían cajas registradoras y máquinas de calcular que funcionaban manualmente y efectuaban cálculos complicados. Pero, sólo hace doce años comenzó a funcionar la primera calculadora electrónica ; en ella, las lámparas de radio sustituían a los engranajes de las máquinas de calcular (o en un nivel más elemental, a las bolas del abaco).

Las máquinas primitivas consistían en voluminosas baterías de lámparas y marañas de hilos eléctricos, pero podían efectuar sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, y resolver en una fracción de segundo ecuaciones matemáticas que hubieran requerido horas o incluso días de cálculos escritos. Hoy, una calculadora puede efectuar un promedio de 10.000 sumas por segundo, independientemente del número de cifras. Las máquinas más recientes son mil veces más rápidas que las de hace tres años, y un millón de veces más que las de hace diez años. El único límite a su rapidez es la velocidad de la luz, o sea 300.000 km. por segundo, pero como las distancias que las señales luminosas deben recorrer en una calculadora se expresan, no en kilómetros sino en fracciones de milésima de milímetro, los especialistas pueden hablar tranquilamente de resultados obtenidos en cienmillonésimas de segundo.

La capacidad de trabajo de las máquinas es cada vez mayor y, en cambio, sus elementos son cada vez más pequeños. En la actualidad, las lámparas de radio se sustituyen por transistores del tamaño de un grano de arroz. Pero, incluso eso parece enorme al lado de algunas realizaciones recientes. Por ejemplo, en un "criotrón", las células que almacenan los datos tienen un diámetro de una diezmillonésima de milímetro. Los circuitos se componen de "hilos" de un espesor similar, verdaderas "telarañas" que sólo se pueden ver con un microscopio muy potente. Esos circuitos y esas "células" están incrustados sobre placas de cristal y se les mantiene a una temperatura de 270 grados bajo cero, refrigerándolos por medio de hidrógeno líquido. A esa temperatura, algunos metales no ofrecen resistencia alguna al paso de las corrientes eléctricas que, por consiguiente, pueden circular a la velocidad de la luz. 

En esas condiciones, es posible almacenar los conocimientos de todos los libros de todas las bibliotecas del mundo en un volumen no mayor que el de una caja de cigarros. El problema consiste en extraer los datos. Cuando el hombre no puede encontrar las cosas en su memoria dice que olvida. En el caso de los cerebros electrónicos, se trata de volver a encontrar, en la forma apropiada, los datos que se necesitan. Como dijo uno de los expertos que participaron en la Conferencia, "una calculadora electrónica es una especie de banco en el que los datos se depositan en la caja fuerte de donde podrán retirarse en caso necesario".

Para "depositar" un dato, el experto lo hace transcribir en forma de perforaciones en una cinta de papel. En la misma cinta, da también instrucciones sobre la manera de utilizar la información de que se trata. Este proceso se llama «programación». Luego, la calculadora registra los datos en una memoria magnética que los restituirá en las condiciones prescritas por el preparador del programma : la máquina transferirá de nuevo los datos a una cinta perforada, que automáticamente pone en marcha una máquina de escribir, de manera que el resultado sea legible.

En un principio, la calculadora fue un medio rápido de hacer operaciones aritméticas; pero toda operación lógica puede convertirse en números, es decir, expresarse en un lenguaje cifrado que permita almacenar toda clase de datos o de ejecutar toda suerte de operaciones.

Por ejemplo, se puede confiar a una calculadora la dirección de una máquina que fabrica una pieza mecánica de grandes dimensiones y de forma complicada : cortar en un enorme bloque de metal, a una centésima de milímetro, las formas sólidas y complejas de un avión supersónico o de un proyectil cohete. Primeramente, la calculadora ayudará a definir las características y los contornos matemáticos de la pieza de que se trate. Los programadores introducirán luego en la calculadora las instrucciones que ella misma ha contribuido a formular, y después la dejarán dirigir las máquinas-herramientas automáticas que trabajarán el metal simultáneamente en las tres dimensiones.

Con ayuda de sus aliados electrónicos, la célula foto-électrica, la rejilla de Merton (que da a la máquina el sentido del tacto y una precisión mayor que la de un hábil artesano), y los servomotores que manipulan las piezas (con realimentación, igual que un sistema nervioso mecanizado) la calculadora puede ejecutar cualquier tarea que esté al alcance de un operador.

En el mundo entero, lingüistas, matemáticos e ingenieros trabajan para conseguir la traducción mecánica de una lengua a otra : del ruso al inglés, del japonés al francés, etc. Sus progresos son lentos porque los hombres, cuando hablan o escriben, no se limitan a decir palabras; cada lengua tiene una gramática, una estructura de frases y expresiones idiomáticas que le son peculiares. Pero ya se han traducido mecánicamente textos científicos de una lengua a otra y de manera perfectamente inteligible para los especialistas. También se ha llegado a verter obras en la escritura de Braille, la lengua de los ciegos.

Lo que ahora tratan de lograr los expertos es que la máquina pueda identificar las formas, es decir que las calculadoras, en lugar de absorber los datos únicamente por medio de cintas perforadas, puedan leer directamente una página impresa, o identificar la estructura fónica de las palabras y traducirlas luego a otras lenguas. Pero, eso requerirá algunos años de trabajo.

Sin embargo, hombres de ciencia e ingenieros han dotado ya à las calculadoras de una suficiente cantidad de atributos para despertar la inquietud de muchas personas. El Dr. Howard Aiken, de la Universidad de Harvard, Presidente de la Conferencia celebrada en París, ha querido disipar esas inquietudes. Dijo que los ingenieros y los hombres de ciencia pueden tener la seguridad de que, lejos de esclavizar al hombre, las máquinas les liberarán de tareas penosas que son una supervivencia de la esclavitud y permitirán a todos alcanzar un nivel de vida más elevado dejando a cada uno la posibilidad de entregarse a un trabajo creador.

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Peter Ritchie Calder

Writer, journalist and academic, Peter Ritchie Calder (UK) is lauréat of the UNESCO Kalinga Prize for the Popularization of Science 1961.